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Amigos caminando juntos

Reflexiones sobre la campaña 2026, la psicología del voto y por qué terminamos peleados con la gente que queremos.

Vengan, dejemos un rato el amor de pareja y hablemos del otro amor tóxico que compartimos como país: la política. Cuando tenía entre 18 y 22 años, la política no existía para mí. Votaba por quien mi papá me dijera, con el mismo cuidado con el que uno firma algo sin leerlo, confiando en que la persona que más quiere no me iba a llevar por mal camino. No era pereza; era ignorancia tranquila. Hoy, muchos jóvenes siguen votando así: por emoción, por herencia familiar, o por el candidato que mejor le queda al algoritmo.

A mis 33 años cambié. Entendí que no involucrarse también es una forma de dejar que otros decidan por uno el resto de la vida. Y con esa conciencia llegó algo más incómodo: dejé de ser tibio. Hoy tengo posición, la defiendo, y no tengo problema en ser exigente, con el Estado cuando regala lo que no debería, y con los ciudadanos cuando piden todo sin dar nada a cambio ni respetar la ley.

El país que quedó partido en dos.

Hace unas semanas Colombia vivió una de las elecciones más reñidas de su historia reciente. En la primera vuelta, el 31 de mayo de 2026, ningún candidato alcanzó el umbral para ganar de una: los dos con más votos fueron Abelardo de la Espriella, abogado y outsider de la derecha radical, e Iván Cepeda, senador y rostro de la izquierda heredera del petrismo. En la segunda vuelta, el 21 de junio, De la Espriella se impuso por menos de un punto porcentual  49,66 % frente a 48,70 % , uno de los márgenes más estrechos de la historia electoral colombiana. Cepeda reconoció la derrota incluso antes de que el Consejo Nacional Electoral confirmara oficialmente el resultado, y De la Espriella asumió la presidencia el 7 de agosto de 2026, para el periodo 2026-2030.

Dos historias personales muy distintas llegaron a esa segunda vuelta. Cepeda construyó su carrera pública alrededor de la defensa de las víctimas del conflicto armado y la memoria histórica, y arrastra desde hace años señalamientos , nunca probados judicialmente, de vínculos con grupos armados, algo que él siempre calificó de persecución política. De la Espriella, por su parte, se hizo un nombre defendiendo a clientes tan polémicos como paramilitares, empresarios investigados e incluso un testaferro señalado de Nicolás Maduro: trabajo legítimo desde el punto de vista profesional, aunque le costó la imagen pública de "el abogado de los que nadie quiere defender". Convirtió esa notoriedad en una marca política hecha de frases contundentes, música y un estilo de showman que terminó llevándolo a la Casa de Nariño.

Ninguno de los dos llegó limpio de polémica. Y eso, más que un defecto del sistema, es un síntoma: en Colombia, hace rato el debate de ideas se volvió debate de personajes.

Cuando la política nos hace pelear con quien queremos

 

En medio de esa contienda tuve una discusión fuerte con varios amigos cercanos , gente que, como yo, no recibe un peso del gobierno ni tiene interés directo en quién gane. Y aun así terminamos casi gritándonos por WhatsApp. Eso, más que la política misma, fue lo que de verdad me dejó pensando.

Resulta que no estamos locos: hay ciencia detrás de esto. El politólogo Shanto Iyengar y sus colegas propusieron en 2012 el concepto de "polarización afectiva" para describir algo distinto a estar en desacuerdo con las ideas del otro: es sentir rechazo, desconfianza y hasta desprecio hacia quien vota diferente, más allá de cualquier argumento racional. No es que discutamos temas; es que dejamos de vernos como parte del mismo equipo.

La explicación de fondo viene de la psicología social. La teoría de la identidad social, formulada por Henri Tajfel y John Turner, muestra que buena parte de lo que sentimos sobre nosotros mismos depende de los grupos a los que sentimos que pertenecemos. Cuando el partido o el candidato se convierte en parte de esa identidad, y no solo en una opción de política pública, atacar al candidato empieza a sentirse como un ataque personal. La politóloga Lilliana Mason lo resume en su investigación sobre identidad partidista: hoy defendemos menos lo que pensamos y más a quiénes sentimos que somos.

Por eso una persona puede insultar a un desconocido en redes por un candidato que ni siquiera le va a cambiar el sueldo, y por eso dos amigos de toda la vida terminan sin hablarse por una encuesta.

Filósofos, resentimiento y la lógica del enemigo

Si la psicología explica el cómo, la filosofía explica por qué nos duele tanto. Nietzsche describía el resentimiento como esa energía que convierte la frustración propia en odio hacia otro, no porque el otro nos haya hecho daño real, sino porque necesitamos a alguien a quien culpar. Carl Schmitt, ya en el siglo XX, fue más lejos: sostuvo que la esencia de lo político es la distinción entre amigo y enemigo, y que en momentos de tensión esa línea deja de ser metafórica y se vuelve existencial, el otro deja de ser alguien con quien no coincidimos y pasa a ser una amenaza.

Vale la pena decirlo sin filtros: esta lógica no es propiedad exclusiva de la izquierda ni de la derecha. La aplica con la misma intensidad el post, trino o historia furiosa del petrismo más cerrado y el trino furioso del uribismo o de los aberlardistas. Los estudios sobre polarización afectiva en América Latina y Europa coinciden en algo incómodo para todos: entre más se convierte la política en identidad, más fácil es odiar al que piensa distinto, sin importar de qué lado del espectro se esté parado.

Días que ya dejan lectura

El gobierno de Gustavo Petro (2022-2026) cierra con un balance mixto, como casi todos: avances en indicadores sociales como la reducción del desempleo y la pobreza, pero también un deterioro fiscal importante, endeudados, y con una tremenda inseguridad en todas las ciudades, adicionalmente una pérdida de confianza de los mercados internacionales, que a mi parecer, este punto me parece muy importante, pues trabajo en un área donde lo importante esta en las relaciones, en los negocios, en las ejecuciones reales.

El nuevo gobierno arrancó, literalmente, en medio de una tragedia. El 10 de agosto de 2026, apenas tres días después de la posesión de Abelardo de la Espriella, un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en choco pero sacudió el occidente del país, dejando más de 300 personas fallecidas, miles de heridos y daños severos en ciudades como Pereira, Cali, Armenia y Manizales. La respuesta inmediata del nuevo gobierno; operativos de rescate, gestión de ayuda internacional y anuncios tempranos de reconstrucción, proyectó una imagen de acción rápida, aunque como con cualquier gobierno que apenas empieza, la verdadera prueba estará en la ejecución de mediano plazo, no en los titulares de la primera semana.

Dos gobiernos, dos estilos, la misma pregunta pendiente: ¿le van a responder a la gente, o solo a su propia base?

Los mercaderes de la indignación

Y aquí quiero ser duro, porque hace falta decirlo: hay una plaga particular en las redes sociales, la de esas cuentas que viven exclusivamente de mostrar lo malo del gobierno de turno, el hueco en la vía, la fila del hospital, el funcionario señalado,  y que jamás, ni por accidente, publican una sola historia de lo que sí funciona. No hablo del periodismo crítico ni de la denuncia ciudadana, que son necesarios y sanos en cualquier democracia. Hablo de la gente que convirtió la queja permanente en su marca personal, que necesita que todo salga mal para tener contenido esa semana, y que si por accidente algo bueno pasa, una vía que se terminó, una ayuda que sí llegó a tiempo tras el terremoto, un indicador que mejoró, lo ignora, lo minimiza o lo pone en duda porque no le sirve al relato, y solamente se dedica a decir que Abelardo llego con balones  de la campaña para regalar. 

Esa gente no está informando: está alimentando el algoritmo del odio y, de paso, alimentando su propio ego a punta de indignación ajena. Es fácil pararse en el balcón de las redes a gritar lo que está mal; toma cinco minutos y garantiza aplausos de la propia tribuna. Lo difícil, lo que casi nadie hace, es reconocer también lo que sí se está haciendo bien, aunque venga del gobierno que uno no votó. Si de verdad les importara el país y no la cosecha de likes, mostrarían las dos caras. Pero la moneda no genera clics; el drama sí. Y mientras sigamos premiando con atención a quien más grita en lugar de a quien más aporta, seguiremos criando generaciones enteras que creen que ser ciudadano es equivalente a estar indignado veinticuatro horas al día.

La dignidad no tiene color político

Y aquí está lo que de verdad quería decir con este texto. Las ideologías son pasajeras, cambian de nombre cada generación,  pero la dignidad de la persona que tenemos al frente no. No somos enemigos por pensar distinto; somos apenas compañeros de un mismo país que, con o sin terremoto, nos toca reconstruir juntos.

Cada mensaje que escribimos con rabia nos separa un poco más. Yo pedí perdón en su momento, porque también escribí desde el ego. Cada gesto real de ayuda nos acerca. El poder de verdad no está en imponerle al otro nuestra verdad a gritos, sino en construir algo que sobreviva a la próxima elección. Dejemos de darle like a la mentira solo porque confirma lo que ya creíamos, y empecemos a exigirle a la política lo único que de verdad importa: resultados, no memes.

Gente, menos odio y más amor. Un mensaje corto, pero que hacía falta escribir.

Nos estamos leyendo.

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