
Para términos de esta historia, pondremos nombres "ficticios" la mujer(esposa) será Fernanda y el hombre(esposo) se llamará Antonio.
Hace dos meses recibí una llamada a las once de la noche. No la contesté: por las noches activo mi modo sueño, mi versión personal del "no molestar", una muralla que ni las urgencias del mundo logran atravesar. Al día siguiente encontré varias llamadas perdidas y pensé, con la vanidad tranquila de quien cree que su vida social sigue intacta, que alguien me había marcado para invitarme a tomar algo. No era eso. Horas después llegó un mensaje de Fernanda, una amiga a la que quiero desde hace años, esposa, madre, una de esas personas que uno pone como referencia de lo que sí funciona. El mensaje decía, palabras más, palabras menos, que Antonio su esposo, su compañero de más de una década, se había caído del pedestal. Que no era la persona que todos pensábamos.
Me quedé con cara de meme. Y con una pregunta que no me ha soltado desde entonces: ¿por qué nos sorprende tanto la infidelidad, si en el fondo todos sabemos, estadísticamente, que es más la norma que la excepción?
Este es el primer texto de este espacio, y no quería empezarlo con una teoría bonita sobre el amor. Quería empezarlo con esto: con la sensación de ver caer a alguien que uno creía sólido, y con la incomodidad de preguntarme qué tan sólido soy yo.
Los números que nadie quiere leer en su propia relación
Voy a ponerme serio un momento, porque este espacio no es solo desahogo, también quiero que sea honesto con la información. Colombia no es un caso aislado en materia de infidelidad: distintas mediciones la ubican de forma consistente entre los países con mayores índices de la región. Un estudio de Statista divulgado en 2024 encontró que cerca del 45% de los encuestados en Colombia admitió haber sido infiel alguna vez, y una encuesta de la aplicación Gleeden ubicó al país en el segundo lugar de Latinoamérica en índices de infidelidad, solo por detrás de Brasil. Una encuesta más amplia recogida por El Tiempo fue todavía más contundente: 6 de cada 10 colombianos reconoció haber sido infiel en algún momento, con una brecha de género que persiste , los hombres reportan tasas más altas que las mujeres, aunque cada vez más cerrada.
No traigo estos datos para justificar a Antonio ni para generalizar a nadie. Los traigo porque creo que una de las razones por las que la infidelidad duele tanto es que la vivimos como una traición individual y excepcional, cuando en realidad es un fenómeno humano, repetido, estudiado y, hasta cierto punto, predecible. Investigaciones publicadas en revistas académicas colombianas, como Psicogente de la Universidad Simón Bolívar, han buscado precisamente eso: entender qué factores sociodemográficos y de la vida marital se asocian con la conducta infiel, no para excusarla, sino para dejar de tratarla como un rayo que cae de un cielo despejado.
Lo que dice la ley cuando el amor ya se rompió
Aquí quiero ser útil, no solo filosófico. Si usted vive en Colombia y alguna vez ha tenido que averiguar qué pasa legalmente cuando hay infidelidad dentro de un matrimonio, esto es lo que dice la norma. El artículo 154 del Código Civil colombiano, modificado por la Ley 1ª de 1976 y por el artículo 6 de la Ley 25 de 1992, establece las causales de divorcio, y la primera de ellas, la número uno, la que abre la lista, son las relaciones sexuales extramatrimoniales de uno de los cónyuges. No es un detalle menor ni una costumbre social: es una causal jurídica con nombre propio.
Esa norma no ha sido pacífica. En 2005, la Corte Constitucional, mediante la Sentencia C-821 de 2005, resolvió una demanda que buscaba tumbar esa causal por considerarla una intromisión indebida en la libertad sexual y la dignidad de las personas. La Corte no le dio la razón al demandante: declaró exequible la norma, es decir, la mantuvo vigente, entendiendo que el Estado sí puede reconocer la infidelidad como una ruptura grave del compromiso matrimonial sin que eso viole la Constitución. Vale la pena aclarar algo que casi nadie sabe: probar esta causal en un proceso judicial no es sencillo. La ley exige acreditarla con medios de prueba serios, confesión, testimonios, la existencia de un hijo extramatrimonial durante la vigencia del matrimonio, sin vulnerar el derecho a la intimidad de las personas involucradas. Además, desde 2024, con la Ley 2442, se sumó una décima causal que permite que uno solo de los cónyuges, por su simple deseo de separarse, acuda ante un juez sin necesidad de probar culpa de nadie. El derecho colombiano, poco a poco, se ha ido moviendo de la lógica del "cónyuge culpable" hacia la lógica de que dos personas simplemente pueden dejar de querer seguir juntas, y eso también merece un camino digno.
Lo cuento porque creo que muchas parejas discuten "quién tiene la culpa" sin saber que, legalmente, ese debate sí tiene consecuencias reales: alimentos, indemnizaciones, procesos completamente distintos según si el divorcio se tramita por culpa o por mutuo acuerdo. Conocer la ley no cura el dolor, pero al menos evita que uno tome decisiones a ciegas en el peor momento de su vida.
Lo que dice la Iglesia, y la pregunta incómoda que se desprende de ahí
Ya en mis notas personales había empezado a rondar esta idea, y aquí la retomo porque es el corazón del asunto. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1601, define la alianza matrimonial como aquello por lo cual el hombre y la mujer constituyen entre sí un "consorcio de toda la vida". Léalo despacio, como lo hice yo: toda la vida. El número 1640 va todavía más lejos y afirma que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede disolverse jamás, apoyándose en el canon 1141 del Código de Derecho Canónico.
No escribo esto para atacar la fe de nadie , yo mismo vengo de una familia creyente y respeto profundamente lo que la religión le da a millones de personas, pero sí quiero hacer la pregunta que me hago yo: ¿cómo se sostiene una promesa de "toda la vida" en una época en la que ni siquiera sabemos con certeza qué queremos para los próximos cinco años? Nietzsche, que no le tenía miedo a incomodar a nadie, habría dicho que convertir el amor en un contrato institucional eterno lo transforma en deber, no en pasión, y que ahí es donde el amor empieza a morir mucho antes de que la infidelidad aparezca. Kierkegaard, en cambio, lo habría defendido como un salto de fe: comprometerse sin garantías es, precisamente, lo que le da sentido al amor. Y Schopenhauer, el más desencantado de los tres, diría que toda promesa eterna es en el fondo un engaño de la voluntad de vivir, una ilusión que tarde o temprano se desvanece.
Yo no tengo la respuesta filosófica definitiva, y sospecho que nadie la tiene. Pero sí tengo una intuición, después de ver lo de Fernanda y Antonio de cerca: la promesa de fidelidad "hasta la muerte" no es el problema. El problema es prometerla sin entender lo que realmente estamos prometiendo, sin conversarla, sin revisarla con honestidad cada cierto tiempo. Prometemos "para siempre" en el momento exacto en que la dopamina y la idealización, esa fase que la antropóloga Helen Fisher documentó con tanto rigor en sus investigaciones sobre las tres etapas del amor: deseo, atracción y apego, nos tiene convencidos de que nada podría salir mal.
Reflexión interna del amor y dios...
A veces pienso que Dios no es una persona a la que rezamos, sino el nombre que le pusimos a lo único que no hemos podido explicar del todo: por qué dos cuerpos que no se conocían hace un mes ahora no pueden dormir separados. Spinoza decía que Dios y la naturaleza eran la misma cosa, que no hacía falta un cielo aparte porque lo divino ya estaba aquí, respirando en cada átomo; y Feuerbach, casi burlándose de nosotros, sostenía que en realidad no inventamos a Dios a su imagen, sino que proyectamos en él lo mejor que teníamos adentro, nuestra capacidad de amar sin condiciones, porque nos daba miedo creer que esa capacidad era solamente nuestra, mortal, frágil, sin garantía de eternidad. Y quizás ahí está la trampa más honesta del ser humano: no soportamos la idea de que el amor, ese que sentimos completo, irracional, capaz de sostenernos cuando ya no hay razones, sea apenas química que se apaga con el tiempo, así que le pusimos nombre de dios para que no se nos muriera con nosotros. No sé si Dios existe para todas las personas. Pero sé que cada vez que alguien ama a otro sin pedir nada a cambio, sin necesitar testigos ni recompensa, ahí, en ese instante exacto, el ser humano toca, así sea por un segundo, la única prueba que tenemos de que algo más grande que nosotros es posible.
Volviendo a Fernanda y Antonio
No sé todavía cómo termina esta historia. No sé si Fernanda se queda o se va, si Antonio logra reconstruir algo o si ya no hay nada que reconstruir. Lo que sí sé es que verlos a ellos me obligó a mirarme a mí: a mis 33 años, con mis propias dudas existenciales, mi propio sobrepeso, mi propio trabajo en el que a veces dudo si es el camino correcto(aunque ame lo que hago), y mi propia incapacidad de prometerle a alguien algo que ni siquiera me he prometido a mí mismo con claridad.
Por eso arranca este espacio. No para darle lecciones a nadie sobre el amor, el matrimonio o la fe, yo soy, como usted, alguien que todavía está tratando de entender por qué caminos ir. Sino para conversarlo con la misma sinceridad con la que se lo estoy contando ahora: con filosofía, con cifras, con leyes, con estudios y sobre todo, con las historias reales de la gente que quiero.
Hablemos de esto.
Miguel