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Llevo un rato dándole vueltas a la idea de escribir esto. No sé bien por qué hoy sí y los otros días no, pero aquí estoy, sentado después de una jornada normal, de esas que empiezan con una alarma que uno pospone dos veces y terminan con la sensación de que el día se fue sin que uno lo viviera del todo.

Quiero que este primer texto sea honesto, así que empiezo por lo obvio: la vida es más complicada de lo que parecía cuando era más joven. No en el sentido dramático, sino en el sentido cotidiano. Uno cree que va a llegar un momento en el que todo esté "resuelto"

el trabajo estable, las cuentas al día, la cabeza tranquila y lo que va aprendiendo, año tras año, es que ese momento no llega como una meta fija. Llega, si acaso, como una serie de treguas cortas entre una preocupación y la siguiente.

Trabajo, como la mayoría. Cumplo horarios, entrego cosas, respondo mensajes que a veces podrían esperar y a veces no. Y ahí, en la mitad de eso, tengo deudas, como casi todo el mundo que conozco. No lo digo con vergüenza ni buscando lástima, lo digo porque me parece que hablamos muy poco de esto en voz alta. Vivimos calculando, moviendo números de un lado a otro, aplazando algo para poder pagar otra cosa, y aun así seguimos adelante. Hay una especie de dignidad silenciosa en eso que casi nunca reconocemos: la de seguir funcionando, seguir mostrándose.

Pero no quiero que este espacio sea solo una queja disfrazada de reflexión. Lo que más me interesa, en realidad, es la otra cara de todo esto: que en medio del ruido, del trabajo, del dinero, de las obligaciones; uno sigue teniendo pensamientos. Sigue haciéndose preguntas raras a las once de la noche. Sigue notando cosas: una conversación que se quedó dando vueltas, una canción que le devolvió un recuerdo, una idea para un proyecto que probablemente nunca haga, pero que igual anota en el celular por si acaso.

Creo en mantener la mente abierta, no como una frase bonita, sino como una disciplina. Abierta para dudar de lo que uno mismo piensa. Abierta para escuchar una idea distinta sin sentir que eso amenaza lo que uno cree. Los filósofos que he leído por curiosidad (de a poquitos, sin ser experto en nada) coinciden en algo que me parece cada vez más cierto: que la incertidumbre no es un problema a resolver, sino una condición con la que hay que aprender a convivir. Uno no necesita tener todas las respuestas para vivir con sentido. A veces basta con hacerse las preguntas correctas y estar dispuesto a cambiar de opinión.

Por eso decidí abrir este blog. No porque tenga algo extraordinario que contar, sino porque tengo cosas normales que contar, y sospecho que no soy el único al que le pasa esto. Quiero usar este espacio para tres cosas, sin mucha pretensión: anécdotas de lo que me va pasando, sin editarlas demasiado; proyectos que voy intentando  armar o proyectos laborales que me gustaría que supieran, y pensamientos aleatorios que pasan por mi cabeza, simplemente eso, ideas que se me ocurren mientras hago fila, mientras trabajo, mientras no logro dormir.

No sé qué tan seguido voy a escribir. Probablemente no será todos los días, porque la vida, con su trabajo, sus deudas, su cansancio— no siempre deja espacio. Pero cuando haya algo que valga la pena anotar, lo voy a anotar aquí.

Este es apenas el primer pensamiento. Vendrán más.

Comentarios

Juan Pérez

Me ha gustado mucho esta reflexión. Es verdad que a veces nos olvidamos de vivir por estar tan pendientes de las deudas y el trabajo. ¡Espero leer más!

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